Siempre de
alguna manera buscamos el amor perfecto,
Una maga
que nos dejara sufrir, una historia,
Un amor de
esos que duelen.
“Duelen
porque no conocemos otra cosa.”
Crecemos
con esa idea, todos vivimos buscándola,
Encontrándonos,
perdiéndonos y cayendo entre fracasos liberticidas.
Crecemos
con cada caída,
con cada beso malaventurado que nos acerca a la distante idea
de que la
maga existe.
La maga
existe en nuestro inconsciente, en nuestra búsqueda divina por lo perfecto.
Ella vive
entre nuestros vacíos, entre nuestras búsquedas, en la utopía del amor con la
que crecemos.
La maga es
todo lo contrario, por creer en ella nos perdemos siempre,
Por creer
en ella amamos tercamente.
Amamos
tercamente porque amamos sin control, sin pensar, sin creer en la razón.
Somos tercos
porque amamos la mentira de que en algún momento funcionara.
Así de
tercos e ilusos, así de perdidos somos mientras no entendemos el amor,
Mientras lo
encasillamos en la intangible teoría de que la maga vendrá y que viviremos
felices.
La maga
vive en nuestra cabeza, ella es la errónea idea de que el amor duele,
Cualquier
amor imposible bañado en terquedad,
es el ego
enfermo de pensar que un amor es real solo porque duele.
Ella
siempre habitara en nosotros, en aquella utopía del amor perfecto,
De que por
amor se muere, de que por amor se sufre y no ve vive si no es con amor.
Sí, algunos
tardaran una vida en darse cuenta.
Yo tarde
mil lunas y no morí en el intento.
Todos
tardamos en darnos cuenta.
La maga
nunca existió, fue hija de la imaginación, de los cuentos, de las poesías.
La maga era
la frágil percepción de una muerte lenta a la que los poetas llaman amor.
Ricardo M.
Jimenez
26-08-2015