miércoles, 26 de agosto de 2015

Decifrando a la maga




Siempre de alguna manera buscamos el amor perfecto,
Una maga que nos dejara sufrir, una historia,
Un amor de esos que duelen.
“Duelen porque no conocemos otra cosa.”

Crecemos con esa idea, todos vivimos buscándola,
Encontrándonos, perdiéndonos y cayendo entre fracasos liberticidas.
Crecemos con cada caída,
con cada beso malaventurado que nos acerca a la distante idea
de que la maga existe.

La maga existe en nuestro inconsciente, en nuestra búsqueda divina por lo perfecto.
Ella vive entre nuestros vacíos, entre nuestras búsquedas, en la utopía del amor con la que crecemos.
La maga es todo lo contrario, por creer en ella nos perdemos siempre,
Por creer en ella amamos tercamente.

Amamos tercamente porque amamos sin control, sin pensar, sin creer en la razón.
Somos tercos porque amamos la mentira de que en algún momento funcionara.
Así de tercos e ilusos, así de perdidos somos mientras no entendemos el amor,
Mientras lo encasillamos en la intangible teoría de que la maga vendrá y que viviremos felices.

La maga vive en nuestra cabeza, ella es la errónea idea de que el amor duele,
Cualquier amor imposible bañado en terquedad,
es el ego enfermo de pensar que un amor es real solo porque duele.
Ella siempre habitara en nosotros, en aquella utopía del amor perfecto,
De que por amor se muere, de que por amor se sufre y no ve vive si no es con amor.

 Sí, algunos tardaran una vida en darse cuenta.
Yo tarde mil lunas y no morí en el intento.
Todos tardamos en darnos cuenta.
 La maga nunca existió, fue hija de la imaginación, de los cuentos, de las poesías.
La maga era la frágil percepción de una muerte lenta a la que los poetas llaman amor.

Ricardo M. Jimenez
26-08-2015