Siempre las voces me han atormentado.
Cuando era chico recuerdo que siempre me decían que estaba demasiado gordo para
gustarle a alguna chica, luego vinieron los brakets, los lentes y bueno, ellas
no dejaron de hacerme sentir como una mierda.
Crecer con tu enemigo al oído
diciéndote que en verdad debiste haber saltado del tercer piso a los 13 años no
es nada lindo, mucho menos poético. Hubiera preferido ser sordo, pero con el
tiempo comprendí que las voces estaban en mi cabeza.
Cuando conocí mi primera
novia, ellas hicieron todo un alboroto, estallidos, fuegos artificiales,
señales de humo; como si me dieran a entender que ellas la querían, pero nunca
dejaron de decirme lo mal que me veía con el uniforme del colegio o lo estúpido
que me veía intentando hacer deportes para gustarle.
Cuando ella terminó conmigo,
las voces no me ayudaron mucho, fue como si me lanzara a un abismo de auto-conmiseración, cortadas en
las piernas, las pastillas para dormir de mi tío y todo el ron que podía robar
de la casa de mis abuelos. Todo eso solo para buscar la manera de
callarlas.
A los 16, recuerdo que pasaba
más tiempo ideando un plan para robarme la maldita Quetiapina que el tiempo que
duraban las voces sin decirme nada. Entre la muerte de mi abuelo y la misma
enfermedad del tío a quien le robaba las pastillas siempre había demasiado
dolor.
A los 18 recuerdo que conocí
otra chica, igual, entre todos los fuegos artificiales, las porras y las
celebraciones en mi cabeza, apenas pude escuchar su nombre, al parecer, a ella
también la querían, pero de alguna forma, nunca fui suficiente.
A los 20, desperté sin darme
cuenta luego de 30 pastillas para dormir y media botella de ron en la cama de
un cuchitril al que yo me atrevía a llamar casa. Nunca olvidare la maldita
sensación de fracasar en tu propio suicidio, tampoco olvidare las malditas
voces diciéndome que ni siquiera para eso servía.
A los 21 salí de
rehabilitación, las voces seguían ahí, de vez en cuando me atormentaban y aun
seguían haciendo un alboroto por cada falda que me pasaba por el frente. Siempre
pensé que al estar limpio ellas se irían, pero olvidaba que ellas habían nacido
conmigo.
Ese mismo año conocí una chica, los
fuegos artificiales eran distintos, yo me hacía llamar lunático y ella irónicamente
era estudiante de psicología, nunca supe cual de los dos estaba más loco, las
voces nunca se iban, no me dejaban solo ni por un momento.
Como siempre, fue algo efímero y yo casi
vuelvo a ahogarme en las drogas, las voces nunca me dejaban tranquilo, todos los días me daban una excusa nueva para
yo acabar conmigo, para que ellas se callaran, ellas prometían que si lo hacía,
harían silencio.
A los 24 según yo, había conocido a la
mujer con la que me quería pasar toda la vida, las voces siempre con sus
alborotos, los fuegos artificiales, la música alta y sus hedónicas
celebraciones, celebrando al amor, o como yo lo vi, celebrando mi propia
muerte.
A mediados de los 26 empecé a hacerles
caso, ya de nuevo las botellas de ron me llamaban por mi nombre, pese a que yo
no quería ir tras ellas, ya el dormir 16 horas del día me parecía una buena
idea y mi cabeza de nuevo era una prisión, una guerra, todo un alboroto, una
muchedumbre saqueando mis emociones por amor al sufrimiento. No sé como coño
logre zafarme de ese salto al vacío. Pero siempre supuse que al no hacerle caso
al ron las cosas podían hacerse de otra forma.
En el último Febrero de mis 26 la conocí,
ella llevaba una marca, como yo. No sé porque las voces no hicieron todo un
alboroto, a decir verdad me quede esperándolo, me quede esperando los fuegos
artificiales, las celebraciones, las botellas descorchadas, la música alta. Pero
eso no paso, creo que mis voces se
callaron quizás porque le tenían miedo, quizás porque ellas saben que ella
puede hacer que hagan silencio. No habían
fuegos artificiales, había silencio, al final podía pensar yo, sentir sin ser
juzgado, atreverme a lanzarme sin que las voces me tomaran de la mano.
#Unlunatico